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Edición número: 7187
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Catalua vista desde EE.UU.


by Mikel Amigot




Imaginemos que California o Texas, que cuentan con una cultura e identidad propia y diferenciada, deciden separarse de los EE.UU.



California puede fácilmente argumentar, esgrimiendo una mayoría de usuarios, que las políticas de Trump son un horror y en nada coinciden con sus valores. Texas puede mostrarse cansada de que sus impuestos sirvan para ayudar a otros estados empobrecidos del sur que se han malacostumbrado a la vagancia.



Por argumentar, ambos estados pueden exhibir cientos de razones, todas válidas. Naturalmente, dentro de California el Sillicon Valley puede demostrar sin despeinarse que su potencia intelectual y económica le hace valedor de un estatus propio. Y, claro, dentro del Valle tecnológico, Palo Alto diría que merece una consideración especial.



Esta cadena por buscar rasgos diferenciales, en realidad, no termina nunca. En la medida en que el ADN de cada persona es diferente, hay campo de sobra para el enaltecimiento propio.



Unamos a ello el interés económico así como la evidencia de que desunir es cien veces más fácil que unir, y así con explicaciones tan simples podemos entender el afán catalán por separarse de España y de la malvada Castilla.



Ah, ¿pero no eran los catalanes españoles? Eso pensábamos aquí en Estados Unidos, donde uno decía “I’m from Spain”, y la gente respondía al unísono: “Oh, I love Barcelona”.



Sin embargo, parece que muchos catalanes echaron cálculos y dedujeron que les iría económicamente mejor sin España.



La intuición desde estas tierras no indica eso. Los catalanes ganarán bastante más no sólo estando en España sino adueñándose de buena parte de la idea de España, como hicieron con gran acierto en Barcelona 92.



Tal vez en el conflicto político faltó la voz de alguien que observara el conflicto desde la perspectiva del ciudadano global.



Y ya puestos a detectar ausencias, también faltó el valor cristiano de la unidad. En la relativista Europa tal vez fuera esto lo último que se observara, y de ahí tanto desatino.



No conviene olvidar que Europa tiene su origen y su bandera –con las doce estrellas de la corona de María- en la inspiración católica de sus fundadores.



Buena parte del clero catalán se comportó egoístamente y defendió la independencia, menospreciando a la mitad de la población.



Y, en todo caso, se han echado en falta voces valientes defendiendo el valor humano de la unidad, simplemente porque eso nos hace mejores.



En fin, el conflicto político Cataluña – España parece que empieza a solucionarse, con una vuelta al origen y reconociéndose que los catalanes son, cómo no, españoles y europeos. No son franceses ni italianos. Son como lo han sido toda la vida. Qué cosa tan simple y cuánto desentendimiento innecesario por reafirmarse diferentes.



Visto desde EE.UU. esta vuelta a la normalidad es bastante beneficiosa para todos, de un bando y de otro.



Esta manía por generar conflictos y división cuadra poco con el estado del planeta hoy. No se entiende bien esta manía por querer que uno le vayan mal las cosas.



Hay más riqueza material y espiritual en la unidad y la diversidad.



El nacionalismo, o patriotismo excluyente, es una tentación diabólica que sólo trae pobreza y desazón. 


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